Breve reflexión sobre el racismo en Puerto Rico

Por Elvin Calcaño Ortiz 

Hace algún tiempo, el Nuevo Día, el diario de mayor circulación en Puerto Rico, ha publicado una nota titulada “Puerto Rico sufre 500 años de racismo”. Me parece muy necesario que el tema del racismo se discuta abiertamente en todos los estamentos, públicos o privados, de este país en vista de que vivimos en una sociedad eminentemente racista, en la cual el tener la piel negra constituye en sí misma una loza pesada que dificultad el pleno desarrollo de las personas negras. Es una locura, en unos casos, y un ejercicio supino de arrogancia, en otros, manifestar que en Puerto Rico no hay racismo por virtud de que negros y blancos entran a los mismos lugares y se relacionan. Eso es un sofisma, un embuste monumental y criminal. Es imposible que en un país como éste, que se construyó sobre la base de un sistema de jerarquización racial que duró siglos, en el cual la gente negra figuraba como bestias de carga y elementos representantes de todos los males –la feura, la brutalidad, el salvajismo, las creencias religiosas “satánicas” etc.-, no exista el racismo.

El racismo es un asunto estructural que solo con medidas correctivas al efecto puede ser paliado. Y como asunto estructural tiene tres manifestaciones: primero en la distribución de los ingresos, segundo en lo simbólico y tercero en el aspecto de las interrelaciones personales. Vayamos al primer caso. En materia de distribución de los ingresos las personas negras, en Puerto Rico, ocupan el último lugar, a resultas de que los negros han sido históricamente elementos postergados y relegados en términos de los ingredientes básicos que precisa un ser humano para aspirar a un buen nivel de vida al través de mejores ingresos. Y esto es así porque el negro fue liberado de las cadenas físicas, en tanto no de las cadenas mentales puesto que siempre vivió –y vive aún- bajo las ergástulas de la peor educación, la pobreza material y espiritual, la ignorancia y el discrimen en todos los órdenes. De ahí, por ejemplo, la casi nula presencia de negros en los altos estratos económicos del país, así como también en la alta dirigencia de los aparatos gubernamentales locales. El negro, pobre y mal educado, no prueba, salvo casos muy específicos, las dulces mieles del poder.

El segundo aspecto, el simbólico, es igual o más terrible que el primero. En términos simbólicos el racismo se expresa por medio de los discursos constructivos de las sociedades, los cuales, en el caso que nos ocupa, enseñan a la gente que el ser negro es sinónimo de ser feo, despreciable, de pelo malo, moralmente inferior, violento y bruto, en cambio, por su parte, ser blanco es lo opuesto: la gente blanca es buena, tranquila, de pelo bueno, de belleza apreciable, moralmente superior e inteligente. En ese contexto simbólico, la persona negra vive constantemente tratando de demostrar su dignidad, es decir, de blanquearse. De ahí que en función de que un negro logre educarse y hacer dinero, se blanquea. Se equipara moralmente al blanco poseedor de las virtudes antes mencionadas. El racismo simbólico, tan vivo en este país, es una lacra asquerosa que es preciso extirpar cuanto antes.

En materia del tercer aspecto, las relaciones interpersonales, existe una suerte de paradoja que, a todas luces, tiende a perpetuar el problema con el tiempo. La gente dice que no es racista porque tiene amigos negros, habla con negros, baila con negros, saluda negros, trabaja con negros y demás. Hay quienes dicen, orondos, que ¡hasta tienen negros en su familia! Lo cual crea una cortina de humo sumamente engañosa. En ese contexto la gente, blancos y negros, aceptan como algo normal y dado el lenguaje racista y confunden racismo con discriminación racial, que son dos conceptos distintos. Esa gente que expresa que no es racista porque tiene negros a su alrededor, son perfectamente, lo he vivido, personas que dicen “pelo malo”, que quieren o anhelan blanquearse para “mejorar la raza” y que se mofan del fenotipo facial negroide. Al mismo tiempo, por virtud de la diferenciación que entraña el decir “yo no soy racista porque tengo amigos negros”, establecen órdenes con los cuales regir su relación con esos negros. Por ejemplo, está el padre que muy bien abraza un amigo negro de su hija, en tanto ni por asomo abrigaría la idea de un casamiento entre éstos. Esa mentalidad existe en todos los estratos sociales puertorriqueños. Más en la capa alta que la baja, desde luego.

El racismo, como cualquier otra enfermedad social, precisa de educación y conciencia para enfrentarlo. De aceptar el mal y, asimismo, a partir de ahí, hacerse de los remedios necesarios para sanarlo. En ese sentido, reconozcamos como sociedad la enfermedad del racismo en su manifestación como asunto estructural. Haciendo ello, poco a poco, iremos pues edificando una sociedad cada vez más libre, sobria, equitativa, pacífica y  próspera para todos. De igual modo, iremos civilizando y humanizando nuestras huestes. Acabando con una lacra tan asquerosa y bárbara como el racismo, vamos, por lo mismo, de a poquito, dejando de lado el animalito que todos llevamos dentro y sacando el ser pensante, racional y bienhechor que también todos tenemos.

El racismo es herencia de la barbarie y las más cavernarias etapas que otrora experimentaron estos confines nuestros. ¡Acabemos con esa enfermedad ya! Al calor del siglo XXI es cuantos menos bochornoso que ello exista aún.


Publicado originalmente en la cuenta de Facebook del autor.