La breve historia de #56 o cuando la muerte define la vida de los vivos

Por César J. Pérez-Lizasuain / la Pupila 

A Luz N. y César Leonardo

El ser que viene es el ser cualsea.

En ésta, el ser-cual está recobrado fuera de su tener esta o aquella propiedad, que identifica su pertenencia a este o aquel conjunto, a esta o aquella clase (los rojos, los franceses o los musulmanes); Así, el ser-tal que permanece constantemente escondido en la condición de pertenencia […] sale él mismo a la luz: la singularidad expuesta como tal es cual-se-quiera, esto es, amable.

El amor no se dirige jamás hacia esta o aquella propiedad del amado (ser blanco, pequeño, dulce, cojo), pero tampoco prescinde de él en nombre de la insípida abstracción (el amor universal): quiere la cosa con todos sus predicados, su ser tal cual es.

Giorgio Agamben, La comunidad que viene

  1. Lodo

Se respira a ese olor tan peculiar que sale luego de la lluvia. ¿O será ese olor que salía de la grama cuando el viejo Pedro hacía el patio? Sobre todo si eres del campo, tú sabes de lo que te hablo. Sin embargo, la intensidad en esta ocasión es mayúscula. ¿Será ese olor de la hierba recién cortada? Es posible que objetivamente no sea el más placentero de los aromas. Pero coño, en mi memoria es una de esos aromas confortables que te hacen sentir en casa. Igual, es que recuerda mi niñez en un modesto pueblo al sur de la isla.

Bueno, carajo, y no es que yo sea tan mayor. Me disculpan si en mi alocución haya dado la impresión de que les hablaba un viejecillo. Apenas tengo 33 años. De nuevo, por favor disculpen si también he dado la impresión de que estoy vivo. Supongo que aún estoy en las de acostumbrarme a esta nueva “condición”. Sí, entre comillas porque no estoy muy seguro de cómo describir el estado en el que me encuentro. ¡Estado! ¡Eso es! Estoy en una especie de estado donde tiempo y espacio se han congelado.

Frío. Mucho frío.

Ah, el olor, ese maldito olor. Ya no me parece tan reconfortante. En realidad ya no huele a la hierba recién cortada. ¡Es que todo es tan confuso en este estado! Igual es que me recuerda a esos laboratorios de agronomía que me obligaban hacer cuando era estudiante del Colegio de Mayagüez. Casualmente, en este momento llevo las uñas tan sucias como en aquellos días de laboratorio. Pero hoy no sé distinguir bien si lo que se entierra como alfileres bajo mis uñas es tierra o sangre. ¿O ambas?  Ese olor a humedad, hongo y a tierra. Humedad y tierra. Ya está: ¡es puñetero lodo! Apesta y pesa mucho.

Prometo no disculparme más, pero perdonen nuevamente. No por mi lenguaje, ni lo sueñen, es la que hay. Así se habla en el Oeste, esplayao. Si no me cree vaya al barrio Trastalleres y pregúntele a Julito, el dueño del Manantial en Mayagüez, que me mandaba a callar por mal hablao cuando la gente, en plena explotaera del “happy hour”, no me dejaban llegar a la barra. Igual, es que en este estado se me antoja gritar las palabrotas más groseras del universo. ¡Ay sólo si pudiera gritar! Es como si no tuviera pulmones. Tengo la sensación de que se van convirtiendo en dos pesados sacos de cemento armado.

He descubierto de que puedo sentir. Entonces soy capaz de sentir pero no puedo gritar. La pendejada de ir entendiendo cómo se brega en este estado es medio complicado. De seguro le cojo el truco rápido. Bueno, o no. La verdad es que no sé cuánto tiempo vaya a pasar aquí. ¡Ah! Ya se me olvidaba explicarles la razón por la que les suplicaba que me disculparan nuevamente. Es que creo que quizás debí comenzar por el final para tener esto claro clarito: estoy más muerto que la puta muerte.

  1. Un desastre-no-tan-natural

Es la noche del 19 de septiembre y todos los medios de comunicación en la Isla se concentraban en una cosa: el inminente paso del huracán María, un ciclón de categoría cinco con vientos de hasta 200 millas por hora. A la mañana siguiente, todas las luces se apagaron y la última vez que pudimos comunicarnos con nuestros seres queridos desapareció con los fuertes vientos. Nunca imaginamos que pasarían dos y tres semanas para poder enterarnos de la suerte que corrieron muchos de nuestros familiares y amigos. Al día siguiente del evento, la única estación de radio que quedaba en el aire anunciaba la mala fortuna que había corrido una familia oriunda del municipio de Yauco que fue enterrada entre los escombros y el lodo arrastrados por un deslizamiento de tierra. Las autoridades confirmaron la tragedia pero no mencionaron la palabra “rescate” en ningún momento.

Los días que siguieron al evento descubrimos que cientos de personas habían desaparecido, mientras que centenares también murieron por falta de oxígeno, atención médica, suicidios, inundaciones, deslizamientos de tierra y agua envenenada. También aprendimos sobre la lentitud y el desdén del gobierno local y estadounidense cuando han fallado criminalmente por enviar misiones de rescate, suministrar el agua potable y la comida que tanto necesita la mayoría de la población. En ese momento, comenzaron a realizarse serios cuestionamientos al gobierno estadounidense. El 4 de octubre llegó la “respuesta” caída como maná del cielo: el presidente Donald J. Trump visitó la isla y elogió el trabajo del gobierno local al indicar que el desastre natural había causado un número reducido de muertes (16 confirmadas en ese momento) mientras que al mismo tiempo se quejaba del costo económico invertido en el esfuerzo de recuperación. Tan solo habían pasado unas horas desde que el Presidente abandonara la isla, cuando el gobierno local anunció con pasmosa tranquilidad que el número de muertos ascendía a 36. Desde ese momento, la cifra ha aumentado a 52 mientras que la prensa internacional ha comenzado a preguntarse acerca de los cientos de personas que han desaparecidas y de las muertes confirmadas pero que no han sido contadas como víctimas del desastre. El gobierno local y federal se han negado a proporcionar mayor información.

Por si fuera poco, también nos hemos ido enterando que, como parte del esfuerzo sistémico tan burdo y grosero que busca constantemente negar el elevado número de víctimas, el gobierno ha autorizado la cremación a mansalva de cientos de cadáveres en las funerarias de toda la Isla. Lo que dificulta, ciertamente, que las muertes puedan ser investigadas con el rigor que merecen. Nada nuevo bajo el sol, pues en este país, durante 16 años (1993-2009), las estadísticas relacionadas a la incidencia criminal se trataban con la levedad que lleva una hoja en el aire. Se dice que por mucho tiempo pasaron esos números por las manos prodigiosas de un rey mago juanadino conocido como Pedro Toledo. En la noche del viernes 27 de octubre salió a relucir que el Departamento de Seguridad Pública había permitido que la cremación de 911 cuerpos desde el evento atmosférico.

El huracán María significa para los puertorriqueños una crisis dentro de la crisis. Puerto Rico ha sufrido por más de un decenio una crisis económica causada principalmente por una deuda pública que asciende a 72 mil millones de dólares. Desde entonces, el gobierno puertorriqueño ha implementado una serie de políticas de austeridad, o lo que David Harvey llama prácticas asociadas a la acumulación por desposesión, lo que resulta en una reducción considerable de la esfera pública y la promoción estructural de la desigualdad social. Desde la década de 1990 se vienen aplicando políticas neoliberales en Puerto Rico: el sistema de salud se privatizó por completo, en 1998 se privatizaron las telecomunicaciones, en 2006 se aprobaron nuevos impuestos sobre el consumo, en 2009 se despidieron a treinta mil empleados públicos tras la declaración de un “estado de emergencia fiscal”, en 2010 se privatizaron nuestras carreteras para posteriormente privatizar el único aeropuerto internacional en la Isla en 2016, la educación superior pública fue desmantelada en 2017 y, en el mismo año, una nueva ley desreguló las leyes laborales para reducir las protecciones legales en el empleo y los ingresos de los trabajadores puertorriqueños. De manera que cuando el fenómeno natural golpeó el archipiélago caribeño el nivel de pobreza alcanzaba casi el 50% de su población, un promedio de 14 familias perdían sus hogares todos los días por ejecuciones hipotecarias y la tasa de desempleo sobrepasaba, y por mucho, el 12%.

En fin, se trata de una crisis humanitaria provocada por un desastre que no tiene mucho de natural. Se trata de un desastre político y del fracaso de la agenda económica que han impulsado las clases dominantes en Puerto Rico. Lo irónico es que tras el desastre-no-tan-natural, estas mismas élites económicas y políticas, tan bien representados por la administración Rosselló y la Junta de Control Fiscal, pretenden seguir inyectando el mismo fallido antídoto: mayores y más intensas políticas de austeridad que terminarán por precarizar la vida puertorriqueña a la vez que ampliará considerablemente la rampante pobreza y desigualdad social que se ha gestado en las últimas décadas.

  1. El día antes

El frío y el olor a tierra húmeda se han ido. Sobrevienen otros olores mucho menos gratos.

El silencio era absoluto. Pero desde hace unos días, bueno o por lo menos yo pienso que han pasado días, se escucha como el rugido de alguna maquinaria. Desde entonces pienso que se trata de equipos de rescate y por eso guardo la esperanza de salir de aquí pronto. ¿La expectativa es lógica no? El Estado debe haber desplegado todos sus recursos, su gente y su tecnología para por lo menos encontrar los cuatro huesos que me queden. Así como lo leen.  No ponga esa cara, mire bien, si usted es de los que se atosigaba llorando en el “break de la esperanza” debe parar de leer en este mismo instante pues no prometo finales felices. Si usted es de los “ejecutivos de la noche” que se ha tragado el cuento del “echar pa’lante” y la vaina esa de “reinventarse”, pues me sorprendería mucho más que haya llegado hasta aquí leyendo. Si usted es uno de esos, seguro que termina su lectura aquí y me tilda de “loser”. ¡Fuck off blanquito! Te esperan en Paseo Caribe, síguelo.

Bendita suerte la de este país. Una década entera de crisis y ahora con dos tormentas en las costillas. Para acabar de fastidiar, acá se cuela el ruido y logro escuchar un poco las radios encendidas de los vecinos. Las cosas que están pasando, por Dios. La lista es interminable pero tendríamos que añadir un no tan novel descubrimiento: María ha dejado tan claro como el agua la homologación plena entre la “sociedad política”, como decía Gramsci, y los medios de comunicación corporativos (tú sabe, yo cogí mi cursito de Ciencias Políticas en el Colegio con una profesora roja rojita; siempre se cuela alguna comunista en la UPR. El problema es que últimamente se cuelan más fachas como el tipajo en mi departamento de apellido Muñoz). La cosa es que ya no soporto escuchar ese ruido de la onda radial pues ya no tiene correspondencia con el especial estado en el que me encuentro. ¿O nos encontramos? No estoy muy seguro, la información en estas profundidades es mínima y la dichosa onda radial parece un slogan de publicidad que anuncia salchicha enlatada e insiste en repetir que Puerto Rico se está levantando. ¡Éste es!

Bueno ya, a lo que voy. Pienso en el día antes. En cómo eran las cosas, la manera en que jugaba con mis sobrinos, o la tarde entera que pasamos en la cocina de la vieja echando chiste y cocinando, o cuando iba caminando al chinchorro de Cheíto. Recuerdo que horas antes de la tormenta le decía a mi hermana que todo estaría bien y que al otro día estaríamos con los vecinos cortando ramas. Le dije que se se cocinara ese sancocho tan fuera de liga que aprendió hacer observando a la abuela.

¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo yo llegué a estar sepultado bajo tanto de lodo?

Oye, porque te digo, en este desastre tan desastroso hay como un asunto de seguridad pública. ¿No? O sea, que no la hay. Quiero decir que ha fallado por completo. Pero claro, pienso que algo que básicamente no existe no puede fallar y por ende no puede tener la culpa. ¿Cómo tirarle los veinte al gobierno por el desastre si el mismo gobierno en los últimos 25 años se ha empeñado en abandonar su responsabilidad hacia eso que se llamaba seguridad pública? ¡Ah ya sé! Es que ahora la seguridad de nuestro hogar, de nuestro trabajo, de nuestra educación y salud dependen exclusivamente de nosotros. Se me olvida esa vaina del hombre que tiene que ser emprendedor, autónomo e individual. Así me lo han explicado algunos panas sanjuaneros: que si no tengo plan médico es porque no me lo he trabajado lo suficiente. Que si no hay trabajo es que no doy la talla y tengo que reinventarme. Que no hay nada regalao dicen. Dicen y que las cosas públicas, cuando había salud estatal, que cuando habían leyes laborales, que cuando habían hospitales públicos y códigos legales para construir mejores viviendas y darle mejor uso a nuestros terrenos, pues que eso y que nos hacía más vagos y no era el escenario ideal para los negocios y que por lo tanto dañaba a la sociedad. Que todo debería correr alrededor un sector privado que se encargaría de promover un ambiente de competencia. Justito como las telecomunicaciones que son privadas desde el 1998. ¡Coño, se nota que ninguno de ellos tiene Sprint!

Y ahí llegamos al meollo gente: es que también nos habían metido las cabras con que ese ambiente de competencia supuestamente libre nos hace mejores y más creativos. Contra, me disculparán todos los silverios motivadores de la vida, pero es que parece que esta cuestión que llamamos vida no funciona así. En mi profesión como agricultor, las cosas siempre iban un poquito mejor cuando entre nosotros o bien le metíamos a eso que se llama “economía solidaria” o cuando incluso compartíamos semillas y técnicas de siembra. Pues eso es lo que quiero decir; que lo que llamamos vida, o bueno, lo que yo llamaba vida, ese saber que emana de ella por medio de la interacción con otras personas, es el elemento más común que existe. ¿Y cómo tú privatizas eso? Yo lo aprendí así. A tiempo. Lo común por encima del interés privado es lo único que nos saca de este desastre.

Pero miren, todo ese cuento del gobierno y del sector privado es una guasa, pura mentirita. Sí, hay culpables y responsables. La seguridad pública no se desmantela sola, lo hacen los humanos. Y no cualquier tipo de humanos. La verdad, eso son cosas de guaynabichos que no salen de la Metro. ¿Recuerdan la cabeza de tachuela de Luis Fortuño? Pues de ese modelo de persona es que les hablo. A mí que nadie me meta el mocho, aquí hay responsables porque el origen de esta tragedia es humana y no natural.

Por cierto, el ruidito ese como rugido, por lo que entiendo, son varias plantas eléctricas encendidas en el vecindario. Y yo tan pendejo pensando que me venían a rescatar con una puerca y par de helicópteros. ¡Bah! ¡Pamplinas! He escuchado que los helicópteros los tienen para desplazar la carne blanca, muy blanca, de la Julia Keleher.

Igual, quizás yo aquí estoy mejor que en el mundo de arriba. El de los vivos que están muy muertos. Una vez oí decir que en la Guerra de Irak los cadáveres invasores de los gringos tenían más derechos que los sobrevivientes iraquíes. Fuerte. En ese caso, y bajo mi peculiar estado, aquí parece que me tratan como un rebelde iraquí que ha sobrevivido un ataque yanki. En otra ocasión también escuché que el patán de Donald Rumsfeld, tras los atentados del 9/11, había dicho que el mundo se había convertido en un campo de batalla. Parece que Puerto Rico se ha convertido, para la corrupta clase política puertorriqueña y para el gobierno yanki, en su renovado campo de entrenamiento. ¡Que se vayan todos!

Pero termino como empiezo, ¿cómo llegamos hasta aquí? Yo lo más que me atrevo afirmar es que al parecer no estamos así por la consecuencia cronológica del paso de María por el país. Al parecer algo hemos dejado de hacer bien el día antes que llegara la bestia huracanada.

  1. El sujeto Polinices y los muertos que definen la vida de los vivos

En la “sociología del desastre” se conocen estudios y escritos del siglo XIX sobre la contabilidad de muertos tras catástrofes naturales. Al igual que en el análisis  biopolítico  sobre el desarrollo temprano de la medicina moderna a partir del siglo XVII, desde hace siglos se emplean métodos de observación, técnicas para establecer estadísticas y regulaciones legales dirigidas a la formulación del saber que se desprende de los cuerpos sin vida tras una catástrofe natural. Ruth Miller en su libro “Law in Crisis: The Ecstatic Subject of Natural Disaster” demuestra que no sólo la observación de los cuerpos entre escombros arroja luz sobre las condiciones y detalles que provocaron la muerte biológica de un individuo o grupo, pero también la ciencia forense interviene en la producción socio-normativa y en el lenguaje asociado a los desastres naturales. Por ejemplo, desde el siglo XIX se insiste en conocer el estado en que se encuentran los pulmones de las víctimas de un desastre pues de ello se desprende información valiosa al momento de adjudicar fecha, hora y causa de la muerte. Incluso, más allá de los factores observables a simple vista, también se puede establecer la condición psicológica de la víctima al momento de su muerte: si resistió, gritó o intentó escapar de los escombros. El lodo o la sangre debajo de las uñas también han servido como indicadores del estado subjetivo del fallecido.

Comenta Miller que en las observaciones tempranas sobre la contabilidad y condición de las víctimas de desastres naturales en Europa no estaban ajenas a la subjetividad política del relator o investigador. Insiste la autora que estos relatos, aunque revestidos de cierta cientificidad, llevaban en su contenido una visión marcadamente eurocéntrica. Esa narración ha moldeado el contorno biopolítico sobre las catástrofes naturales en la modernidad. Cita Miller un escrito realizado en 1857 en el que se analiza un terremoto cerca de la región italiana de Nápoles: “the extent of the catastrophe was not nearly as great as that of many of the South American earthquakes (p. 93).” Además del aspecto evidentemente racista, este tipo de narración instaura al menos dos factores que van a condicionar la supuesta civilidad y grado de desarrollo de aquellos sociedades que reciben el impacto de la catástrofe: 1) el número de muertes; y 2) la agilidad y rapidez de las etapas de recuperación y reconstrucción.

Un elevado número de muertes denota incivilidad y el fracaso económico y político de las élites dominantes en algunas sociedades. De forma muy similar, en Puerto Rico se va generando un marco biopolítico o una gubernamentalidad, es decir un orden normativo de la subjetividad como lo entendía Michel Foucault, alrededor de la negación de nuestros muertos. Pero eso nos es todo. Miller sostiene que históricamente el death toll, durante y posterior a un desastre natural, es políticamente manufacturado. La motivación, sobre todo, nace de una especie de discrimen que puede ser racial, religioso, étnico, cultural, de clase o incluso heteronormativo. Hay unos cuerpos sin vida que poseen y se les asigna una identidad política y por lo tanto son portadores de derechos. Hay otros muertos que no son reconocidos y por lo tanto fueron vidas sin Bios o cuya significación política se declara nula ab initio. Son los cuerpos de Polinices y de la vida desnuda.

En el segundo caso, se trata de un tipo de discurso apegado a una razón productivista muy cónsono con las lógicas neoliberales y desde la cual el dispositivo biopolítico asume la forma de la sobrada y grosera estrategia publicitaria del Puerto Rico se levanta que insiste en la reconstrucción del país mediante el fomento de la privatización, la suspensión de los convenios colectivos y la precarización del trabajo. En este sentido, los muertos serán aquellos sujetos impolíticos que servirán de cimiento para forjar un nuevo modelo de país y, como sugiere Saskia Sassen, impulsar un nuevo sistema normativo desde el cual se buscaría la expansión del dominio privado sobre el interés público y común. Todo esto transcurre mientras se incrementa el costo de vida de los puertorriqueños en plena crisis y se siguen promoviendo despidos a granel que tendrán el efecto de intensificar el despoblamiento de la Isla. El propósito, sugiere la propia Sassen, es la anulación del interés y escrutinio público respecto a la actividad económica.

El Estado consolida su dominio biopolítico alrededor de los muertos negados, motivado no por su condición misma de Estado, sino por su condición de clase. Nuestros muertos son nuestros pobres; nuestros viejos desamparados; nuestros enfermos; y nuestros olvidados en los campos. El cuerpo sin vida debe poseer cierto estatus político para ser contado como víctima del desastre natural. En este caso, nuestros muertos, aún cuando tenían vida, andaban despojados de toda identidad política. Se trata de una infraclase desechable, como le llamaba Zygmunt Bauman, producida por el denominado Nuevo Modelo de Desarrollo impulsado desde el 1992 por el sector bancario-financiero criollo y su brazo político encabezado por el binomio PNP-PPD. Entendamos que los factores que agravaron el desastre ocasionado por María no fueron climáticos, fueron políticos. Adelanto tres de estos factores con la intención de desarrollarlos en otro escrito. Estos son las factores de: pobreza generalizada, corrupción y, según lo entiende la politóloga Wendy Brown, la des-democratización de la sociedad.

El silencio criminal, lo que se calla, por parte de la administración Rosselló-Trump, es paradójicamente la columna que sostiene la narrativa política en Puerto Rico luego del desastre. Es cierto, nuestros muertos representan el fracaso y la incapacidad de esa clase dominante enroscada en el actual gobierno y en la Junta de Control Fiscal. Pero no perdamos de vista que la muerte también representan el devenir del proyecto neoliberal en Puerto Rico. Todo va indicando que nuestro país será escenario de experimentación en la evolución violenta del capitalismo global. A Puerto Rico le ha llegado su 1973.

  1. Nombrar la vida cualsea

Siempre voy al revés. Nunca les dije mi nombre. Aunque trato, les juro que ya no lo recuerdo. Debe ser el cansancio. Aunque ya no hay lodo sobre mi cabeza tengo la sensación que de todas maneras no podré descansar por un buen tiempo. Parece que ya no tengo nombre. Alcanzo escuchar solamente números. Primero se escuchaba un 56, luego un 912. Todo es muy confuso. Al parecer ustedes, amables lectores, tendrán la pesada tarea de buscarme, no importando cuál sea, un nombre. O mejor, tendrán que nombrarme.

Hace calor. Mucho calor.


*Imagen: Charles Garabedian (2014). Antigone and Polynices ©

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