“La ‘ilegalidad’ como espacio de posibilidad y esperanza frente al espacio político”: 3ra parte de la entrevista a Miguel Rodríguez Casellas

Por César J. Pérez Lizasuain

Nota de la Pupila: Esta es la tercera y última parte de nuestra entrevista con Miguel Rodríguez Casellas. La verdadera osadía de Miguel realmente consiste en señalar las líneas de fuga, posibilidades y esperanzas que se ensayan desde las fisuras del presente en crisis.


Desde un punto de vista filosófico, al igual que el pensador de origen italiano Giorgio Agamben, Miguel no entiende la ilegalidad desde el paradigma jurídico. Sobre todo, piensa su relatividad en función a la intensificación de la violencia legal (o del estado de excepción) por parte del Estado: “Frente a la violencia de Estado enquistada en las propias estructuras del estado de derecho actual, la ilegalidad es relativa. La situación ahora mismo es de una asimetría tan brutal, que es perfectamente plausible que la protesta estire los límites de lo considerado legal. No me parece ser el único en plantear esa inevitable posibilidad, que no abrazo en lo personal, ni insto a nadie a abrazar, pero sí contemplo como escenario muy real frente a la intensificación de la violencia “legal” por parte del Estado. Y en eso no me refiero a la policía necesariamente. Me refiero a todo el aparato del gobierno colonial y de las imposiciones de estándares imposibles e impagables en un territorio. Cosa de mantenernos en un eterno estado de crisis, más allá de la crisis perpetua o cíclica del capitalismo”.

Cuando alude a lo colonial Rodríguez Casellas insiste en que hay que hablar de dos colonias. La relación colonial no es unidimensional, y su ámbito de poder no se limita al dominio político de Estados Unidos sobre Puerto Rico. A éste le interesa primero desmenuzar la segunda colonia que “opera desde adentro”. Dice al respecto: “Uno diría que ese discurso de clase es viejo y reciclado pero desde otra perspectiva es fascinante que por fin Puerto Rico siente bien un organigrama de clase y de violencia que opera desde esa normalidad del estado de derecho. Y que ese estado de derecho hay que virarlo patas arriba. Hay que desconfiar de él. La ilegalidad ahora mismo empieza a ganar, incluso, una especie de legitimidad cuando ponemos cara a cara o evaluamos esa ilegalidad como espacio de posibilidad y esperanza frente al espacio político”.

Y advierte lo siguiente: “Cuando vemos la desigualdad social, explotación y privilegio de acceso al gobierno y a los mecanismos de explotación de la deuda con todas sus ramificaciones, nos damos cuenta que la alegada ilegalidad de la protesta, de retar al poder en relación al Derecho, es esencial porque ahora se ve ante el pueblo más legítimo que nunca. [Es incomprensible] la discusión en cómo se sigue insistiendo en esta especie de ciudadano cabal, bueno, que no desafía y que trata de hacer ver a los demás como los pelús, los violentos. La verdad es que ese discurso va a ir perdiendo fuerza. La represión va a dejar de ser una narrativa de victimismo abstracta, y [va a comenzar] a ser algo muy real: van a ser los aumentos, las pérdidas, las destrucciones, las violencias van a empezar a tener un tipo de presencia cotidiana que comienza a [generar] un sentimiento de ansiedad y horror”.


Cada vez que veo los estudiantes analizar en detalle el cuadro financiero de la Universidad de Puerto Rico, que dan medidas específicas, [nos damos cuenta] que hay una inteligencia no endogámica, una inteligencia formada en un espíritu horizontal, transdisciplinaria, de esa nueva juventud que es extraordinaria. Que muestra cómo el problema es político y no económico y que ofrece soluciones.


El espacio de ilegalidad al que hace referencia Rodríguez Casellas, es el espacio que busca interrumpir el estado normal de cosas y, a su vez, desde el cual se intenta resistir el estado de excepción y las medidas de recortes propuestos por el Gobierno y la Junta de Control Fiscal. En definitiva, se trata de un espacio para ensayar “otros registros”. Un muy otro registro que ya se comienza a entonar en las variadas experiencias surgidas a raíz, sobre todo, de la huelga estudiantil de la UPR como lo son los Plenos estudiantiles y las iniciativas autoconvocadas de profesores universitarios como PAReS, PROTESTAmos y DeMoS.  

“Que la gente se autoconvoque en un espacio, que rompa con esa legalidad del territorio suburbanizado, del desplazamiento y de la distancia de unos y otros es monumental. Y eso hay que celebrarlo porque por ahí empieza el cortocircuito político y social que hace falta […]. Cada vez que veo los estudiantes analizar en detalle el cuadro financiero de la Universidad de Puerto Rico, que dan medidas específicas, [nos damos cuenta] que hay una inteligencia no endogámica, una inteligencia formada en un espíritu horizontal, transdisciplinaria, de esa nueva juventud que es extraordinaria. Que muestra cómo el problema es político y no económico y que ofrece soluciones. Y ahí es que yo me emociono de verdad. Y ahí es que yo veo posibilidades. No es solo el fracaso de Ricky [Rosselló] y la endogamia de Garden Hills. Esto no es un enemigo magnánimo, son tontos. Eso hay que contrarrestarlo con esa inteligencia organizada, militante, solidaria, cálida, afectuosa que se empieza a ver en los movimientos de los estudiantes”.

Ante el viejo debate que antepone la Idea a la Praxis y viceversa, Miguel sugiere que hay que construir un nuevo registro o incluso una nueva inteligencia política que eche mano a las dos. Añade lo siguiente: “Hay que buscar ese otro registro, que es técnico pero que a la misma vez es interdisciplinario. Mientras más se deja ver ese lado nuestro donde podemos entender la emoción y el pragmatismo de lo que es gobierno, de lo que es adminsitración, de lo que es el complejo marco político, legal y económico del país, podemos empezar a ver soluciones a corto y largo plazo”.

Con un aire zapatista, Rodríguez Casellas parece sugerir que desde los nuevos registros antisistémicos se ensaya desde el presente el por-venir. Ese nuevo registro, en definitiva, combina afectividad y pragmatismo: “Esas soluciones hay que tenerlas listas y hay que empezar a divulgarlas para que se vea que la renuencia a adoptarlas es impráctica, que es suicida y que si insisten en viejos modos de administrar y explotar es por mala leche y por falta de inteligencia pero es también porque la violencia es el lenguaje que esa gente quiere manejar desde los sectores dominantes. Y nosotros no representamos la violencia. Nosotros representamos lo contrario: la esperanza, la posibilidad de otro tipo de inteligencia gobernando, de autogobernarnos [mientras creamos] un mejor país. Y esas otras inteligencias son las que empiezan a juntarse ahora”.

Líneas de fuga: “Yo quiero una izquierda progresista que mire también al éxito”  

Rodríguez Casellas ha hecho claro que no tiene vocación de profeta. Sin embargo, las líneas de fuga hacia otra realidad las intuye desde el presente, sobre todo desde las fisuras o grietas actuales por donde se entrevé una serie de experiencias y vinculaciones afectivas y solidarias que emanan de la propia crisis.

“Nuestros proyectos políticos, electoral incluso, la naturaleza del país, como ha sido disciplinado espacial y políticamente, todo responde a un mismo modelo. Hay que empezar a romper con esos modelos. Hay que empezar a vivir y experimentar paréntesis en clave de emancipación, que involucren al espacio y que involucren una nueva manera de experimentar el cuerpo y la relación entre nosotros mismos. Ese panorama político tiene que romper con una inercias emocionales que giran alrededor de una especie de [expectativa] de bienestar de clase media, de familia, de casa de urbanización, de cómo organizar el tejido social. Esa realidad es la que se necesitaría una cierta ruptura, un cierto “queering” que yo lo asocio a figuras muy reales como pudiera ser el carnaval, la bullanguería nuestra. Y no es una romantización esencialista de los caribeños. El proyecto político al cual aspiramos, aun en su versión instrumental, debe venir de unas coordenadas emocionales, culturales y sociales y de un lenguaje que nos sea también afín. Hay cosas que son afines a nosotros, que ya son vernáculo, incluyendo esa urbanización y esa cultura clasemediera que han creado. Pero hay otras afinidades, que también son útiles. Yo sugiero que hay que rescatar esas otras para contrarrestar unas formas de vernáculo que son tóxicas en el comportamiento político que nosotros tenemos”.

Rodríguez Casellas entiende que las movilizaciones sociales de protesta al menos tienen dos dimensiones: el rechazo, la queja, la negación de lo que no se quiere; y por otro lado es necesario insistir en que la resistencia debe tener un lado afirmativo que supere la mera “queja, la lucha, el ataque” y la estrategia enfocada exclusivamente en atrincherarse en la lógica represiva del Estado: “El ataque o la insistencia [en señalar solamente] la violencia de la policía me hace café. Sí, son unos cerdos en su gran mayoría que tienen un cuerpo que está diseñado para destruir, pero ese no es el centro de discusión. Y es importante no caer en este romanticismo de la lucha, de que a veces nos vivimos más las derrotas que las posibilidades de éxito. Yo quiero una izquierda progresista que mire también al éxito […]. Osea este discurso de sacrificio y de martirio me interesa menos. No es parte de nuestra naturaleza. Somos caribeños y eso implica exceso de apetito, hacia las cosas buenas, hacia el amor y hacia el extremo emocional. Y ese extremo emocional es importante”.

Si para la búsqueda de la emancipación y de otro país posible se trata de penetrar al terreno de lo real, incluso de un “queering” en nuestras relaciones interpersonales y políticas, he terminado la entrevista con una pregunta que, al parecer, los sectores antisistémicos en Puerto Rico hemos dejado fuera de nuestro marco metodológico: ¿Y qué con el Estado? ¿Cómo hacer al Estado parte de ese cuestionamiento radical a nuestra cultura política, ontológica y personal?

Concluye Miguel diciendo: “Creo que mientras se revoluciona el proyecto político [del Estado], hay que revolucionar también nuestro imaginario personal y social. Y eso incluye el “check list” de vida en la urbanización, de la clase media, de ese registro de progreso cotidiano. Ese es el “kool aid” que habría que vomitar y sacarlo del cuerpo. Al contrario, [debemos] rescatar otras figuras más flexibles de nuestra convivencia que curiosamente existen quizás en nuestros sectores con menos ventajas, que han tenido que moler vidrio y organizarse y seguir siendo funcionales dentro de la disfuncionalidad que le ha tocado vivir. Y también está en la cultura queer y cualquier persona que ha tenido que presentarse a un mundo creado para una mirada heterosexual y con todos los prejuicios y violencias que eso [implica]. Desde esos lugares de marginación [se] dan las claves de cómo se pueden usar registros emocionales, afectivos y sociales que de alguna manera fomentan convivencia, tejido social, unidad y afecto solidario”.