Ley, orden y pobreza: el fascismo a la boricua

Por Gary Gutiérrez Renta/la Pupila

Al mirar las medidas que se imponen en el país como forma de control social y criminalización de la protesta, mi mente se refugia en el pasado.

Crecí en plena guerra fría.  La instalación de una base de misiles en Cuba por parte de la Unión Soviética, en medio del aumento de influencias estadounidense en Europa, cuando apenas contaba con cinco años de edad y la avanzada Tet en Vietnam cuando celebraba mis primeros diez, dan fe de que crecí en medio de la confrontación militar entre el capitalismo privado y el de estado (que llamaban comunismo).

Claro está, la imagen que tenía de esos y otros eventos fue el resultado de ese montaje ideológico producido por el aparato de inteligencia estadounidense y difundido al mundo mediante los medios de comunicación como el cine y la televisión, empaquetados como “cultura pop”.

Por supuesto, también tuvimos los tiempos de contra-cultura: esas luchas por los derechos de las otredades étnicas, raciales, religiosas y de género. También fue época de luchas por la descolonización y solidaridad entre esas naciones emergentes.

En aquél entonces, en mi vecindario de “clase media”, entiéndase familias trabajadoras y pequeños comerciantes, la imagen era clara. Los comunistas eran los malos pues te hacían trabajar sin paga, te quitaban tus propiedades y restringían tus libertades.

Sin embargo, pasado más de medio siglo, en la actualidad puertorriqueña no son los comunistas quienes nos quitan nuestros ahorros, embargan nuestras casas y ahora nos quieren reducir las libertades para evitar que el pueblo se levante en defensa de sus patrimonios materiales y sociales.


Si algo demuestra la historia, y los admiradores coloniales lo deben saber, es que el uso de los aparatos represivos del estado siempre va a generar una respuesta por parte de quienes reciben el impacto de la bota gubernamental.


Desde este marco de saqueo, se llamó a la recordación del Primero de Mayo con una propuesta de manifestación masiva que llamaron “Paro Nacional”.

Si bien la convocatoria fue para el primer lunes de mayo, tres días antes, el último viernes de abril, el administrador colonial apareció frente al país para dejar claro su compromiso con “la ley y el orden”. Asumo que se refería al orden que nos despoja de nuestros recursos y a la ley que lo permite, pero él sabrá.

Observando la ofensiva mediática, pensaba en cómo los manejadores del imberbe político preparaban el escenario para imponer medidas represivas y reafirmar así la imagen de su gobierno ante la conservadora masa electoral puertorriqueña.

El plan resultó magistral.

Unos cuantos incidentes aislados, que en cualquier parte del mundo llamado civilizado no conllevarían penas mayores de unos cuantos dólares, se sacaron de proporción al nivel de que hasta las agencias represivas estadounidenses intervinieron para acusar a una joven de supuestamente haber intentado quemar el emblemático  edificio central del principal banco comercial de la Isla.

Las imágenes fueron “virales” y sirvieron de lubricante para empujar las medidas que terminan criminalizando cualquier protesta que al gobierno no le guste o moleste.

Medidas penales que legitiman el uso del costoso aparato represivo del estado como herramienta terrorista. Suena fuerte, pero partiendo de las definiciones del término “terrorismo de estado”, es lo que es. Nuestra historia lo confirma: dos jóvenes llevados por el estado para ser ejecutados extrajudicialmente en un paraje del centro de la isla; el que la policía se hiciera de la vista larga mientras el exilio cubano campeara por su respeto; que la policía hostigara a los patronos para que reportaran o despidieran empleados independentistas, son algunos ejemplos de ese terrorismo de estado.

Como si este proceso no fuera suficientemente preocupante, para los que observamos desde el contexto social el fenómeno de lo que llaman criminalidad, la situación es más compleja.

Si algo demuestra la historia, y los administradores coloniales lo deben saber, es que el uso de los aparatos represivos del estado siempre va a generar una respuesta por parte de quienes reciben el impacto de la bota gubernamental.

En las décadas del 50 y 60 del siglo pasado, la respuesta del pueblo afroamericano fue la organización política a diversos niveles. Dos décadas más tarde, cuando la represión por parte de las policías locales y federales desarticularon por medio de la violencia legal e ilegal esos movimientos sociales y políticos que daban coherencia a la comunidad, surgieron como respuesta “organizaciones” que, con ayuda del gobierno y financiadas por la venta de narcóticos, ocuparon los espacios sociales y económicos en las comunidades.

Hay quienes van más lejos y apuntan a que este proceso fue uno pensado para criminalizar los pobres que tenían capacidad para levantarse contra el sistema mientras se enriquecía y fortalecía al complejo industrial correccional como institución esclavista legalizada.

Mirando desde esa experiencia, y lo que ocurre en estos momentos en Puerto Rico, uno tiene que por lo menos cuestionar las intenciones de los burócratas y políticos de oficio cuya descripción encaja perfectamente con el fascismo que dominó Europa durante las décadas del 30 y 40 del siglo pasado.

Es más espeluznante cuando a este fenómeno se le suma el corte de religioso extremista que aparenta dominar el liderato legislativo actual.  Después de todo, y tomando prestada la expresión de Harry Sinclair Lewis: “Cuando el fascismo llegue a Estados Unidos, será envuelto en la bandera y portando una cruz”.

Al parecer la premisa también es válida para el territorio colonial de Puerto Rico.

Salud y resistencia…


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*Imagen de portada realizada por Rosana Cepeda.