Para decir que “no”, la UPR y un académico que habla como camionero

Por César J. Pérez-Lizasuain / la Pupila

Escrito originalmente para publicarse durante el pasado mes de septiembre en la Revista 80 Grados. Tras la crisis humanitaria, por el paso del huracán María, el autor consideró no oportuno publicarlo en ese momento.


Para decir adiós solo tengo que decirlo.

Roberto Figueroa, Para decir adiós

– Oliverio: Siempre con gente joven, te gustan los pendejos, muerte puta, muerte cruel, muerte al pedo, muerte implacable, muerte inexorable, misteriosa muerte, muerte súbita, muerte accidental, muerte en cumplimiento del deber.

– Muerte: ¿Qué sería de vos sin mí? Yo no existo por mi misma Oliverio, ¿cuándo vas a entenderlo? Soy un instrumento.

– Oliverio: ¿Cumplís órdenes? ¿Por qué no podrás llevarme a mí? ¿Estás enamorada de mí? A veces me parece que te morís de ganas, te encantaría que te metiera una mano entre las piernas, que te manoseara las tetas, eh muerte puta.

– Muerte: Un poeta hablando como un camionero. Ósea ¿qué estás creciendo? Si no te llevo es porque aun decís algunas palabras que impiden que te lleve y mientras las sigas diciendo tengo prohibido tocarte.

Eliseo Subiela, El Lado Oscuro del Corazón (1992)

Para decir que “no” solo tenemos que decirlo.

Hace algunas semanas recibo una llamada. Reconozco el número y sabiendo exactamente qué esperar la contesto. A pesar de intentarlo, mi tono no engaña a nadie: es difícil disimular cuando se sabe que se tiene la soga al cuello. Sobre todo si la tienes rozándote la nuca desde hace 7 años. He sido profesor adjunto en la Universidad de Puerto Rico (UPR) durante ese tiempo. Mi cuerpo – en ocasiones sin cabeza – ha pasado por cinco recintos de ese sistema universitario. Durante este periodo he pasado por las más diversas vicisitudes, complicaciones y patrañas en lo que creo es la institución que alberga una de las cúpulas administrativas más autoritarias y corruptas en este país (y oiga, ya eso es mucho decir en un país que desea y celebra los esquemas disciplinarios y autoritarios que se nos han impuesto históricamente). La UPR de Tony, su tarjeta de crédito, sabrosos viajes, ricos vinos y cenas. La UPR del PNP. La UPR de CRECE-21. La UPR de Miguel Muñoz y la National Science Foundation. La UPR de las becas presidenciales. La UPR del milagro llamado Ricardo Rosselló y Banco Vida. La UPR de la figura déspota de Jaime Benítez. La UPR de las lacras como Rafael Rodríguez Mercado, Héctor Ríos Maury y el resto de ese lumpen del chiringui. La UPR de la represión policial. La UPR anti-independentista. La UPR militarista. La UPR de los recortes. La UPR que se esmera en desaparecer. La UPR que duele.

No es mera casualidad que las dos manifestaciones socio-políticas más importantes en los últimos 17 años hayan tenido como escenario de lucha la misma universidad pública. En mi vida adulta la UPR ha sido el espacio en el que he conocido la austeridad, las insidiosas políticas de precariedad y las malas prácticas laborales que han hecho de mi vida en estos últimos años una menos vivible. No se puede esperar otra cosa de una institución dirigida por una pequeña clase burócrata que mantiene, y hasta se vanagloria, de mirar al mundo desde el balcón hacendado que han heredado. Siendo un reducto feudal, para esta clase pseudo-académica que dirige al sistema universitario, el Siglo XX es inexistente; no es más que un agujero negro en su memoria que de vez en cuando recuerdan muy vagamente cuando se miran el ombligo.

“¿Y qué haces ahí? ¿Por qué sigues ahí canto’e pendejo?” Me restriegan en la cara de vez en cuando. Mi respuesta: la universidad demuestra que incluso en los más complejos sistemas de dominación, estos no dejan de ser relaciones sociales y, por tanto, sistemas agrietados. Es decir, el ejercicio de dominación nunca es total, siempre hay grietas y resistencias. Las resistencias son parte intrínseca de las mismas relaciones de poder. Los movimientos estudiantiles, y recientemente los docentes autoconvocados como PAReS, DeMoS y PROTESTAmos, me siguen enseñando que los espacios, encuentros y prácticas de libertad se producen desde las luchas dignas por la justicia y lo común. En ocasiones, esas luchas se dan en condiciones adversas y desde las mismas entrañas de las relaciones de dominación. En nuestro país, muchas de esas luchas dignas se libran desde la Universidad. Para hacer el cuento largo corto: con todo y el mierdero que la rodea, se pueden encontrar en la Universidad de Puerto Rico espacios desde los cuales se lucha y se fomentan vínculos sociales emancipatorios.

Cuando contesto el teléfono, oigo una voz familiar. A veces los tonos, las intensidades, las pausas, la manera en que las voces se entrecortan, terminan diciendo más que mil palabras. Con voz entrecortada y un tanto obligada, como si el mismo Bryan Mills – personaje de Liam Neeson en Taken – le estuviera apuntando con una Beretta1 en la sien, escucho desde el otro lado: “La cosa ha estado dura”. Yo que continuaba pegado al teléfono, me empleaba forzosamente en mantener a flote mi personaje. Para lograrlo, decidí emplear la estricta formalidad académica y profesional con el fin de mantener la ecuanimidad (cosa que no se me hace muy difícil pues mi alma es portadora de tres profesiones muy pinguísimas: soy abogado, doctor en sociología jurídica y académico).

“Pero la cosa está mala. Y aunque no pagan, te cortan horas mientras te hacen trabajar más, pretenden que trabajes sin contrato, no te dan plan médico ni vacaciones y despiden a mujeres embarazadas, al menos tienes trabajo” es el argumento convertido en slogan que anda de moda por las cuatro esquinas del archipiélago (sobre todo luego de aprobada la reforma laboral). Trabajar siete años como docente por contrato, vivir al borde de 12 mil dólares por año, pagar la elevada deuda que se adquiere cuando inviertes los últimos 15 años de tu vida estudiando y todo esto al mismo tiempo en que insistes vivir la belle vie es sumamente complicado. Pero nada, en ocasiones la vida se parece un poco al teatro del absurdo de Samuel Beckett: uno crea fidelidades, dependencias y esperanzas falsas que terminan esclavizando el alma a la espera de ese momento mesiánico, limpio y neutral de la “oportunidad”. Tú sabe, para echar pa’lante. “Aguanta un poquito más, no seas loco. Todo el mundo empieza así” me gritan hasta los murales hipsters de la Calle Loíza.

Menuda forma de empezar una carrera la que experimentamos los docentes sin plaza en la UPR. Lo mismo podemos pasar 10, 15 o 20 años estoqueados en el entry level. Claro, porque los méritos están ahí. Como si les hubiera entrado el mismo espíritu de la Lúgaro, algunos colegas y “amigos” se empecinan en decirme: “Recuerda, es que es un sistema de méritos”. Sobre el tema de los méritos en la UPR pueden consultar a ese gran espécimen de pensador, coreógrafo y bailarín puertorriqueño llamado Miguel Muñoz, cuando diserta de la siguiente manera: “Academic recordum et specialitate area Dr. Rosselló Nevares generating adductus est in caule cellulis cutis, erit confirma doctrina, quae per officia academic and offering Licinius Crassus Dives in re”.  2

Sigue la voz pujada en la línea telefónica. Ya sé que esperar; es lo mismo cada semestre no importando quién se encuentre al otro lado del teléfono: “He hecho lo indecible por buscarte cursos. Y te he conseguido un tiempo parcial con tres clases”. En una fracción de segundo me remonto al inicio de curso en enero pasado. El año comenzaba y contaba con el compromiso del mismo mensajero, en representación de la Universidad, para enseñar a tiempo completo durante ese semestre. Por ese motivo, en el receso navideño se respiraba un poquito mejor en la casa. Pensábamos que con el contrato a tiempo completo hasta el mes de mayo, al menos podríamos crear una canasta básica para enfrentar lo que en efecto ha sido un año muy duro. Pero haciendo gala de su renombrado autoritarismo, de nuevo la UPR me haría la jugada.

Ese 19 de enero, primer día en el semestre, me apresto a entrar al salón de clases cuando la misma voz, igualmente entrecortada, en esa ocasión con Chicky Starr a su lado y con bate en mano, me comentaba que la Universidad no podía honrar la oferta que me había realizado y que cancelaba una de las secciones que estaría supuesto a impartir (un curso lleno, por cierto). Pero hoy día la crisis, los recortes y la pelaera mortal en la que andamos muchos sirven de excusa para justificar cualquier patraña. A pesar de un impulso inicial, lo pensé y no me atreví: me faltó valentía para decir “no”. Afloraba en ese momento el absurdo colonial que se da por medio de las falsas fidelidades y de las dependencias psicológicas incluso para con aquellas instituciones que te hacen daño. Casualmente, a los pocos días hubo una contratación a tiempo completo en el mismo departamento cuyo benefactor fue una tercera persona con el corazón muy rojo y el trasero muy azul.

En esta ocasión, mi clara vocación para ser un pingo y llevar la formalidad ha fallado. No doy para más y hay un quiebre emocional en mi voz. Y en otra fracción de segundo lo noto y estoy conciente de ello. En la vida hay eventos de ruptura. Y el mío llegó con esa llamada: “Lo lamento, no voy más” le he contestado. De inmediato, la vocecita interior comenzaba a joder: “¿Qué haces? ¿Cómo pagas la vida y la cerveza en el chinchorro? ¡La luz, los sobrinos, la familia, la gasolina, los préstamos estudiantiles!”. Los cuentos de los cuentos, los slogans de los compromisos económicos, de las deudas, de los hijos y la familia. Todos son mitos que solamente benefician a esos malditos hacendados de la hiel, a los jinetes de four tracks playeros y a los tres palitos que pretenden precarizar nuestra vida. Todos son cuentos que nos mantienen esperando a Godot. La ruptura es la única alternativa, no hay de otra. Y lo que nos debe motivar es paradójicamente el mismo cuento que el anquilosado capitalismo nos ha usurpado: por nuestros hijos, por el prójimo, por la familia, por el cualsea que viene. Al demonio con los cuentos pendejos de la muerte puta. Nuestro cuento debe ser el de la vida vivible. La dependencia, en última instancia, es a la inversa: es la muerte quien necesita de nuestro vivo trabajo, de nuestro trabajo vivo para existir y dominar. ¡Escucha Oliverio!

Aunque me cueste espiritual y materialmente, en esta ocasión me impongo un poco de dignidad. No para la vanagloria de mi acto o para aleccionar a nadie. La dignidad no entiende de ese lenguaje.  La dignidad es un estado o momento en el que se recupera la voluntad de vivir, nos recuerda Enrique Dussel, en el que la vida triunfa sobre la muerte. “El amor nunca puede pasar por tus manos, la justicia nunca puede pasar por tus manos. Aunque se mate en nombre de la ley y se muera en nombre del amor” le restalla Oliverio al mundo tal cual es. Aún con el cuerpo estropeado luego de perder varios rounds y habiendo cometido numerosos errores de juicio, sigo diciendo esas palabras que han impedido que la terca muerte me lleve como Pateco. En fin, que sigo siendo el mismo necio en el que me convertí cuando en el 1999 pisaba la Torre por primera vez.


*El autor es doctor en Sociología del Derecho. Es egresado de la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos en Mayagüez. Bloguero wanabí en su espacio Muelle 21 que mantiene en La Pupila (www.lapupila.net). También es co-editor de La Pupila. Ha colaborado con Claridad, Rebelion.org, Diálogo, 80grados y la Red de Sociología Jurídica en América Latina y el Caribe.

Notas al calce

  1.  No sé nada de armas de fuego. Agradezco a mi hermana menor por la información.
  2. No domino el latín, de manera que me he servido de Google Translate para traducir la cita. La cita original es la siguiente: “El récord académico y el área de especialidad del doctor Rosselló Nevares, en generación de células madres inducidas de la piel, vendrá a fortalecer la docencia y la oferta de cursos académicos en ese tema en Puerto Rico”.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *