Ser independentista

Carlos Rivera Lugo / la Pupila / Publicado originalmente el 8 de noviembre de 2004 en Claridad

Nota del editor: Este es el primero de una serie de de artículos en torno a la crisis del independentismo que el autor ha autorizado en reproducir a través de la Pupila.

Dicen que la realidad es un signo en busca de ser interpretado, sobre todo en unos tiempos preñados de signos desconocidos e inesperados, que francamente a veces me desconciertan. Constantemente me veo confrontado con la posibilidad de que tal vez las dificultades experimentadas en hacer una lectura justa de los acontecimientos atípicos que se suceden en estos nuevos tiempos, se deba a que los queremos pasar por un prisma conceptual algo obsoleto.

Hace ya tiempo que pienso que uno de los mayores errores que cometemos en la busca de darle sentido a las cosas que pasan a nuestro alrededor es que demasiado de veces pretendemos reducir la realidad a la idea que tenemos de ella. En nuestra búsqueda de lo verdadero, no logramos liberarnos de la verdad a priori, una especie de verdad canónica convertida en artículo de fe de una particular ideología o teoría.

El viejo Marx tuvo razón cuando advirtió que a partir de una mera comprensión ideológica de la realidad sólo podemos cosechar una consciencia falsa, por la parcializada de la misma. La ideología política, cualquiera que ésta sea, no pasa de ser un conjunto complejo de ideas y prácticas que identifica a un grupo social o político diferenciado. Como discurso de poder pretende que se le reconozca una validez universal y absoluta.

Ahora bien, cuando las circunstancias le juegan a las ideologías la travesura de escapar magistralmente de sus reduccionismos, éstas se tornan obsoletas y empiezan a poblar la acción de sus seguidores con mitos y abstracciones sin eficacia práctica alguna. Cuando esto sucede, estamos confrontados, nos guste o no, con el imperativo de desarrollar un nuevo entendimiento y unos nuevas prácticas más afines a las nuevas realidades.

A riesgo de que se me pretenda excomulgar como apóstata, debo decir con toda franqueza que, por ejemplo, lo anterior ocurre hoy en relación a los tres discursos ideológicos tradicionales en Puerto Rico: el autonomismo, el anexionismo y el independentismo. Los tres -sí los tres aunque duela decirlo- se han convertido en fuerzas afincadas en el pasado, regodeándose en sus laureles de antaño y dándole la espalda a las condiciones necesarias para su viabilidad o implantación en una realidad que, les guste o no, está sujeta a la ley de hierro del cambio permanente. Es así como, atrincherados en la reproducción permanente de su pasado, se niegan a darle la cara a ese tiempo que debe ser o que todavía no es pero que puede ser a partir de una lectura alternativa de lo existente. Y es así como pierden su pertinencia al tener que ver cada vez menos con su entorno.

A partir de ello, por ejemplo, el independentismo ha advenido en una especie de secta confesional crecientemente divorciada de las circunstancias que dice querer transformar. La independencia, como ideal, se ha visto reducida a mera abstracción, artículo de fe, cuya concreción histórica dejó de ser una necesidad imprescindible para su validación  continúa. La triste verdad, sin embargo, es que la independencia, como ideal realizable en la práctica nuestra de cada día, ha sido hasta ahora cada vez más marginal en la política puertorriqueña. Claro está, ello no quiere decir que los independentistas, sea de forma organizada o individual, hayamos dejado de ejercer una influencia relevante en los diferentes espacios en que nos movemos en la vida nacional.

De ahí que no puedo aceptar que como creyente en el ideal de la independencia, mis opciones existenciales estén ancladas, sin remedio, en la reproducción elección tras elección de una franquicia electoral con escasa aceptación en nuestra sociedad. Esta ciega adhesión está predicada en lo que a todas luces resulta hoy una falacia: que dicho Partido es el que representa electoralmente al ideal de la independencia y, por ende, a todos los independentistas. Digo falacia, pues independientemente del reconocido patriotismo de sus líderes y seguidores, la práctica nos tiende a indicar que el tipo de política que practican, altamente sectárea y elitista, le impide cada cuatro años plantearse otro objetivo que no sea el de la mera reproducción de su franquicia electoral.

Pero la política, sobre todo, la electoral, es el arte de unir fuerzas. En ausencia de una política madura y humilde de diálogo y alianzas, ninguna fuerza política puede realizar su potencial. Su potencial como fuerza política se realiza creciendo y se crece abriéndose humildemente y sin sectarismos a los demás. Lo otro, a lo que en estos pasados comicios nos invitaron bajo amenaza de excomunión, es seguir lanzándonos de cabeza, los mismos de siempre, a la trinchera ideológica excluyente y arrogante, haciendo abstracción de las demás circunstancias que determinan el proceso electoral.

Y es que ser independentista va mucho más allá que un encajonamiento ideológico y retórico abstracto. El ser en el Puerto Rico de hoy no soporta reduccionismos unidimensionales y simplistas. Es un ser-ahí dentro de unas circunstancias históricas y una coyuntura concreta.

Soy de los que piensa que en la pasada contienda electoral la decisión política y patriótica más importante y real que le estaba planteada al país era su rumbo ético. Una parte no desdeñable del pueblo puertorriqueño anda adicta a su borrachera consumista y, lo que es peor, deambula por el mundo de la vida sin brújula ética que le oriente más allá de las satisfacciones inmediatas. Estamos de vuelta a los tiempos aquellos en que la política, para renacer, tuvo que plantearse primero librar la batalla entre la vergüenza y el dinero.

No nos llamemos a engaño: si como pueblo nos corrompemos todos en la aceptación pasiva del crimen como modo aceptable de vida, como algo permisible si nos produce beneficios materiales -tal y como se repetía ad nauseam-, entonces nos hemos perdido como pueblo. De ahí que las opciones que teníamos ante nosotros ciertos independentistas, libres ya de las concepciones canónicas del ideal, no eran tal vez las más lindas pero eran las únicas dables. De eso sólo tenemos la culpa los propios independentistas que nos hemos conformado con ser minoría ilustrada aunque irrelevante como opción real de poder.

Por ello, la cantidad de votos recibidos por el Partido Independentista refleja más bien sus propias limitaciones ideológicas y organizativas. Hace cuatro años muchos independentistas no afiliados votamos íntegro por el PIP, en justo reconocimiento por la ejemplar lucha librada en Vieques. A partir de la experiencia viequense, se nos dijo, habían aprendido que hacía falta hacer una nueva política que permitiese la convergencia de todas las fuerzas sociales y políticas necesitadas de un cambio verdadero. Sin embargo, pasaron las elecciones y el PIP retornó a su trinchera ideológica excluyente.

Tal fue su aislamiento que apenas se preocupó de cultivar el apoyo electoral en el 2004 entre los independentistas no afiliados. Aún así, pretendió ser dueño absoluto de nuestro voto. Calculó mal, pues el independentismo no afiliado, cuyo endoso probó ser indispensable para que tan siquiera revalidasen su franquicia electoral, se cansó de sentirse rehén de una organización que no le toma en cuenta para nada. Poner el destino del ideal independentista exclusivamente en sus manos hubiese sido un error estratégico por cuanto dicha agrupación representa una visión limitada de las posibilidades mismas de nuestra aspiración liberadora. Sin embargo, aún así, contribuimos con nuestro voto a posibilitar la elección de los compañeros Víctor García San Inocencio y María de Lourdes Santiago.

Lo ocurrido da pie para que salgamos del gueto ideológico y práctico que nos ahoga, sobre todo a partir de nuestra inserción decisiva en este proceso electoral, desde una perspectiva de Estado y no de secta. Surge ahora la oportunidad singular para que, a partir de una reflexión honesta y crítica y un diálogo franco y respetuoso, construyamos una nueva opción política sobre las bases de las fuerzas de centroizquierda que confluyeron informal pero decisivamente en esta elección por el saneamiento moral de la política y su ampliación democrática, primer paso imprescindible para la potenciación de un proceso verdadero de descolonización, incluyendo la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

En fin, estamos ante el reto de reconstruir y renovar todo el movimiento, en pos de su transformación en una nueva fuerza política amplia y representativa, con voluntad de poder, con vocación de ser factor decisivo para la gobernabilidad en la actual coyuntura por la que atraviesa el país. Y en este esfuerzo, no debe haber exclusiones, todos somos necesarios. Quien se empeñe en el atrincheramiento defensivo alrededor de las ideas, prácticas y formas organizativas del pasado se corre definitivamente el riesgo de ser superado por los acontecimientos.